Entre el hartazgo y el código negro

26 May 2021 Por Roberto Delgado
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La “justa rebelión”, la indiferencia social y el aprovechamiento político de la pandemia han hecho un cóctel peligroso, de alta volatilidad. Es posible que, tras una semana de tensiones, sus efectos se diluyan el 30 de mayo, si las restricciones se terminan o se atenúan; pero también podría ocurrir que se llegue a la saturación del sistema de atención sanitaria; que todas las camas críticas sean ocupadas y que los médicos tengan que decidir a quién atender y a quién no.

¿Desde qué punto de vista hay que situarse frente a esta emergencia? La “justa rebelión” se alimenta de la desesperación: comerciantes que ya no tienen salida –como el relato de Agustina Ibáñez, que cuenta en carne viva lo que es perder a un familiar por coronavirus y lo que es casi abrir el bar a escondidas y con temor porque está endeudada hasta los huesos- y que se enfrentan a los policías que llegan a hacer operativos “light” porque saben que el enojo social es tan grande que puede generar un estallido. Mil historias como esas muestran la hondura de este drama y explican la decisión de los gastronómicos de hacer frente a la orden gubernamental. Saben, eso sí, que no los van a llevar detenidos al sitio donde el año pasado llevaron demorados a los infractores. El Gobierno no tiene credibilidad para hacer frente a esa rebelión que recorre el país y mucho menos para cometer injusticias.

La indiferencia social es otra cosa. Las fiestas clandestinas, las celebraciones caseras como la “fiestita” de Crisóstomo y avenida Alem no tienen perdón. Los policías les caen encima y terminan secuestrando equipos y vehículos, como ocurrió en Anfama; y como les sucedió a los chicos de la Crisóstomo, que negaron que estuvieran de fiesta ni con vehículos y que terminaron con su auto secuestrado. ¿Inconscientes que no advierten el riesgo? No se conoce su historia, pero también les cabe la mirada casi comprensiva de una sociedad que considera que juntarse en familia no es pecado y que por ello vendría a ser excepcional la historia de la joven que contó hace dos semanas la joven DJ Lourdes Alaniz en “Panorama Tucumano” cómo se contagiaron en una fiesta sus seres queridos y cómo a causa de ello falleció su abuela.

La tercera pata de este drama es el aprovechamiento político. Con la virulencia de las redes sociales circulan videos armados para buscar agua para el molino de la oposición o del Gobierno y que azuzan las hogueras del enojo social. O bien se dice cualquier cosa sobre la política sanitaria para justificar el enojo. ¿Quién sabe si se hizo bien o mal la compra y el reparto de vacunas? Los escándalos de los vacunatorios VIP y las reuniones y fiestas multitudinarias oficiales horadaron la confianza en las autoridades.
En medio de esto está la gente, acomodando sus temores según su percepción de la ineptitud o no del Gobierno, del manejo adecuado o pésimo de la pandemia; indecisa entre enojarse con los funcionarios o ponerse confiada en las manos de los médicos que trabajan según las recomendaciones sanitarias de esos funcionarios. Por un lado, el hartazgo; por el otro el llamado código negro, que es el momento en que el sistema de salud entra en punto de saturación. En punto tragedia.

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