Desatando el nudo de las ocupaciones en la UNT

19 Jun 2021 Por Roberto Delgado
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La UNT es una entidad enorme, como un pequeño país. Las 14.000 hectáreas de su parque Sierra de San Javier son el corazón del ecosistema del Gran San Miguel y de allí se regula el agua del piedemonte. El investigador Ricardo Grau, del Instituto de Ecología Regional, dice que los tucumanos tenemos la suerte de tener la sierra de San Javier, 20.000 ha desde Lules hasta Tapia, como un paraíso protector ya que es “un gran regulador térmico e hídrico”.

Ese paraíso, que en su gran parte pertenece a la Universidad, es una tentación para visitar y disfrutar de la naturaleza, recorrer y hacer deportes, y también para vivir, aunque la justificación ambiental limita su explotación. Esa misma tentación hace que ese paraíso tenga conflictos, porque muchos quieren poseerlo.

Así se puso de relieve hace dos semanas, cuando la UNT publicó una advertencia por la existencia de personas que están vendiendo o revendiendo terrenos que pertenecen al parque. Reflotó, en ese sentido, el problema que se visibilizó hace tres años, cuando se supo de la existencia del barrio privado “Las Pirámides”, ubicado en el kilómetro 28 de la ruta 338, en extremo sur del parque universitario, en el límite con Villa Nougués.

Los habitantes del paraíso

Este paraíso comenzó para la UNT en 1948, cuando la Nación expropió tierras del cerro y del piedemonte como parte del plan con el que se iba a construir la Ciudad Universitaria, y con el que se erigieron las construcciones en San Javier (el edificio inconcluso, los quonsets y la residencia universitaria en la punta del cerro), así como el barrio en Horco Molle (una maravilla residencial, con fantásticas viviendas en medio del bosque) donde hoy se encuentran la Escuela de Agricultura y la Reserva de Flora y Fauna Horco Molle. A comienzos de los 70, con el programa de la Ciudad Universitaria detenido desde la caída del segundo gobierno de Juan Domingo Perón, se delimitaron las 14.000 hectáreas del parque Sierra de San Javier, también llamado Parque Biológico.

Pero el sitio no era pura selva de yungas. Tenía gente adentro y también ocupantes de las tierras que quedaron disconformes con la expropiación y que mantuvieron el statu quo a lo largo de los 73 años que lleva la Universidad administrando ese edén.

De ello se derivaron tres situaciones. Una es de los resignados que no cuestionan la propiedad universitaria y que esperan no ser expulsados y que, durante mucho tiempo, aspiraron a que sus descendientes puedan instalarse en el lugar. Son los que ocupan el barrio Horco Molle, otro vecindario en medio de los árboles, al este del CAPS.

Otros son los que están enfrascados en una batalla judicial con la UNT. Son los descendientes de Clementina Viaña de Colombres Garmendia, a quien en 1948 le expropiaron 5.000 hectáreas en Las Tipas (entre Tapia y Raco). Son 18 herederos que pelean ahora contra el juicio de escrituración que está haciendo la universidad.

Y hay un tercer grupo, que es el de Próspero Marcelo Sosa y su hijo Marcio, que hace 13 años comenzaron su barrio privado “Las Pirámides”, en el que hay construida una treintena de casas y donde se han comercializado lotes. Los Sosa han resistido incluso con armas cualquier intrusión en el predio y le niegan a la UNT cualquier argumento legal: la califican de intrusa y dicen que su familia estaba en San Javier desde mucho antes que la UNT.

El primer problema que tenía la Universidad para desatar el nudo gordiano de las ocupaciones era el de papeles y de delimitación de todos los predios. La UNT es dueña incluso de la calle -hoy llamada “Rector Mario Marigliano” que une la “Rotonda Pie del cerro” de la avenida Aconquija en El Corte con la “Rotonda Horco Molle” de la avenida Perón. El terreno de esa calle era hace siete décadas campo de citrus expropiado a Imbaud de Velasco y hasta los años 90 fue el camino de acceso a la residencia de Horco Molle.

Hace tres años se creó una oficina para verificar la extensa lista de posesiones universitarias (hay hasta dos departamentos en la Ciudad de Buenos Aires). Había una lenidad tal con las propiedades universitarias que eso dio lugar a que se entregaran viviendas de Horco Molle para ocupar sin cobrar alquiler, ni luz, ni expensas; escandalosa situación en la que hace unos años quedó involucrado un camarista federal.

De modo que la UNT debió comenzar a acomodar el desastre en que se encontraban sus posesiones. ¿Cómo no iban a tener resistencia de los ocupantes? Se hizo un relevamiento y un mapeo catastral, se desempolvaron antecendentes y en la actualidad, según cuenta el abogado Máximo Castro, está escriturado casi en su totalidad el dominio universitario.

La gente que vive en Horco Molle, la mayoría descendientes de los ocupantes de la época en que eran terrenos de caña de Frías Silva, ha luchado para que la UNT les permita tener propiedad de sus casas, pero se ha resignado a que no va a ganar esa batalla. La UNT propone darles autorización para quedarse a cambio de reconocimiento de la propiedad universitaria (esta será una larga batalla porque temen que si reconocen eso los expulsen) y a cambio de que sus hijos y nietos no pretendan instalarse allí. Hace seis meses se demolió con autorización judicial la casa prefabricada que un descendiente veinteañero y su novia habían erigido junto al río Muerto. Otro ocupante de Horco Molle que entabló un juicio por posesión veinteañal y que levantó una vivienda frente al CAPS ha perdido todas las instancias judiciales. La UNT espera la orden judicial para demoler esa casa.

Las luchas legales

Otra instancia es la de Las Tipas. Los descendientes de Viaña de Colombres Garmendia no reconocen el boleto de compraventa, explica Castro, que dice que esta semana comenzó en un juzgado civil el juicio de escrituración. “Por suerte, tenemos los expedientes originales de la época, tras la expropiación de 1948 y una negociación con los propietarios” dijo Gustavo Vitulli, secretario de Bienestar Universitario, que comanda la oficina para poner en orden los papeles de la UNT. Dentro de estas hectáreas hay otro ocupante, Carlos Torres, quien permitió hace dos años que se instalaran cañerías para llevar agua a un barrio privado que se construyó afuera del terreno universitario. También hay querella con Torres.

El grupo más conflictivo parece ser el de “Las Pirámides”, descubierto en 2018, cuando unos excursionistas que habían ido a la cascada del Salto de la Corzuela, en el río San Javier, denunciaron en la UNT que gente armada los había expulsado. Se advirtió entonces que se estaban comercializando por internet terrenos en ese barrio, que tiene cartel y todo sobre la ruta 338.

Próspero Sosa, que hace 22 años fue denunciado por usurpación por la UNT (el juicio cayó por falta de seguimiento en 2008, cuando Sosa fue sobreseído) dice que tiene derecho a construir y vender. En el proceso que la UNT le está llevando a cabo por reivindicación ya declararon los Sosa y cinco adquirentes de lotes en “Las Pirámides”. Sosa le niega razones a la Universidad. Dice que la escritura que la casa de estudios tiene del terreno ha sido “falsificada” por la UNT junto con el Registro Inmobiliario y con el juez Raúl Daniel Bejas (dejó el cargo hace seis meses para irse a la Cámara nacional Electoral). También alega que la UNT no existe como entidad por haber surgido apenas en una ley de presupuesto nacional en 1921 y que su existencia ha sido avalada por una doctrina de facto de la Corte Suprema. “Aquí hubo una confusión y un cálculo mal hecho cuando se me denunció en 2018... el juez federal Bejas pensó que yo no sabía derecho -lo mismo pensaron los demás que actuaron- y que me iban a despojar de mis tierras sin problema, pero eso fue un error que creó una gran confusión pública”, afirma Sosa. Al respecto, el abogado de la UNT, Castro, sólo enuncia que “son gente complicada”. Han de ser el hueso más duro de roer para la universidad, que ha pedido a la Justicia hasta que se demuelan esas 30 casas, como lo hicieron con la casa prefabricada junto al río Muerto.

El panorama parece más promisorio que en 2018, aunque los tiempos de la Justicia son largos, acaso tan extensos como la lenidad universitaria que se permitió tener 73 años sin resolver la tenencia de grandes propiedades en el paraíso. Son nudos difíciles de desenredar y dejan heridos en el camino.

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